Hacer la paz en el siglo XX tenía exigencias menores, porque se aceptaban las amnistías generalizadas

Gobierno y Farc coinciden: 'la lucha armada ha sido inútil'

Habla Eduardo Pizarro Leongómez, uno de los dos relatores de la Comisión Histórica del Conflicto.


 
Eduardo Pizarro Leongómez es uno de los investigadores más acuciosos del conflicto. Es embajador de Colombia en La Haya.
Foto: Claudia Rubio / EL TIEMPO
Eduardo Pizarro Leongómez es uno de los investigadores más acuciosos del conflicto. Es embajador de Colombia en La Haya.
Un hecho inadvertido por la mayoría del país es la prueba más contundente de lo difícil, pero al tiempo de lo pluralista, que fue el trabajo de la Comisión Histórica del Conflicto, creada por la mesa de paz de La Habana.
Eduardo Pizarro Leongómez y el exrector de la Universidad Nacional Víctor Manuel Moncayo, delegados por el Gobierno y las Farc, respectivamente, para hacer la relatoría de los informes de 12 académicos sobre los orígenes del conflicto armado, las razones de su prolongación y el impacto sobre los colombianos, no pudieron hacer una sola relatoría. Decidieron, entonces, que fueran dos y así las presentaron al país. (Lea también: Comisión abrió debate sobre las causas del conflicto armado en el país)
Pizarro Leongómez, uno de los investigadores más acuciosos del conflicto y hoy embajador de Colombia en La Haya, donde ha tenido un diálogo permanente con la Corte Penal Internacional (CPI), habla en esta entrevista con EL TIEMPO de las principales coincidencias y diferencias entre los 12 académicos de la Comisión. Y advierte, en todo caso, que lo más importante para Colombia “no es el consenso, sino la posibilidad de discutir sin matarnos”.
Aunque usted y el profesor Víctor Manuel Moncayo tenían que hacer una sola relatoría sobre los documentos de los 12 académicos, terminaron haciendo dos. ¿Por qué?
Eso demuestra que hay enormes disensos, pero, al tiempo, con Víctor Manuel Moncayo, quien fue rector de la Nacional cuando yo era profesor, quisimos ahondar en el carácter dialogante de la Comisión y hacer dos relatorías para que los colombianos tuvieran múltiples visiones.
¿Y entonces con qué visión se quedará la mesa de negociación, a la que debían darle insumos, especialmente para el tema de víctimas?
La mesa se va a encontrar con varias alternativas y evaluará cuál es la mejor política frente a las discusiones que tiene. Henry Kissinger, cuando era secretario del Departamento de Estado, no aceptaba que sus colaboradores le dieran solo una opción. Exigía varias y evaluaba los costos de cada una para tomar una decisión.
¿Y cuál es el efecto práctico del informe en la mesa de paz de La Habana? ¿De qué sirve?
Como pedagogía, porque mostramos que somos capaces de dialogar aunque tenemos diferencias. El efecto práctico es que se reflexionó sobre por qué en Colombia ha persistido el conflicto cuando todos los conflictos de América Latina desaparecieron y la izquierda llegó a los gobiernos, mientras aquí siguió militarizada.
¿Cuál fue la diferencia más radical entre los 12 académicos?
Que unos consideraron que la lucha armada ha sido legítima porque la pobreza y las restricciones democráticas la dejaron como única alternativa, y otros, que en Colombia había más espacios y la única alternativa no era la armada.
¿No cree que el Frente Nacional, con su repartición del poder entre liberales y conservadores, fue una exclusión política evidente?
El Frente Nacional tuvo enormes restricciones políticas, pero fue la época del esplendor de las luchas sociales, estudiantiles y campesinas. Hay que recordar que el líder comunista del Sumapaz, Juan de la Cruz Varela, fue el segundo de Alfonso López Michelsen para la Cámara en 1960, por el Movimiento Revolucionario Liberal (MRL). En esa época, Carlos Lleras Restrepo creó la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos, que llegó a tener un millón asociados.
¿O sea que usted cree que la izquierda tenía alternativas distintas a la lucha armada?
Muchos ensayistas dicen que la izquierda en Colombia se militarizó de manera muy temprana y eso nos dejó sin opciones de una izquierda democrática. La tragedia fue no haber tenido un partido socialista democrático comprometido con las vías legales.
El jefe de negociadores de las Farc, ‘Iván Márquez’, destacó que con el trabajo de la Comisión ya no habrá un solo discurso sobre el conflicto...
Es que lo más importante hoy no es el consenso, sino la posibilidad de discutir sin matarnos.
La Comisión encontró más coincidencias en las razones de la prolongación del conflicto que en sus causas. ¿Cuáles fueron esas razones?
La presencia del narcotráfico, la tradición de combinar armas y política, tanto en la izquierda como en la derecha, la precariedad institucional, la desigualdad, la violencia contra los civiles, como el secuestro y la extorsión; la provisión privada de seguridad, el sistema político localista y clientelista, los derechos de propiedad, la cuestión agraria y el círculo vicioso de la violencia.
Estamos claros en que la Comisión Histórica no tiene alcances jurídicos, pero sí identifica responsables...
Sí. Hay responsables de crímenes atroces. Agentes del Estado que se desviaron de sus responsabilidades, guerrilleros, paramilitares, y políticos que utilizaron a los paramilitares. Si pensamos en la responsabilidad frente a las víctimas, las élites colombianas pospusieron reformas necesarias en el campo. La pobreza urbana es del 27 por ciento hoy, pero la del campo es del 44 por ciento.
Es decir, la responsabilidad del conflicto es muy amplia.
Sí, pero hay que separar. Una cosa es la responsabilidad penal, que es de quienes cometieron los delitos, y otra cosa es la élite colombiana, que tiene que asumir los cambios que el país pide a gritos. Esa idea de que todos los colombianos somos responsables me parece un escándalo. No hay que crear la culpa colectiva, no todos los alemanes son responsables de Hitler y los campos de concentración, ni todos los colombianos son responsables de la violencia.
Pero, a fin de cuentas, el informe sirvió para establecer responsabilidades...
Sí, porque se refiere a los agentes del Estado que pasaron los límites con ‘falsos positivos’, a los políticos que usaron a los paramilitares para combinar armas y urnas, y a algunos empresarios afectados por la extorsión y el secuestro que privatizaron la seguridad.
Aunque no hubo consenso total en nada, el mayoritario fue en que la agenda de La Habana es la que se necesita para superar el conflicto...
Esa es la mejor conclusión. Fue la gran ratificación de la importancia del tema agrario, del desarme, de no combinar armas y urnas, de no justificar la violencia como recurso legítimo. La agenda que hicieron el Gobierno y las Farc es muy inteligente, porque ataca lo que ha llevado a la prolongación del conflicto. Eso hace que no repitamos la experiencia de El Salvador y Guatemala, que hicieron la paz, pero ha habido más muertos en el posconflicto.
¿Cómo vio el ambiente en la mesa de paz de La Habana?
Es difícil, por las miradas encontradas en muchos temas, pero en el Gobierno y la guerrilla hay mucho optimismo frente a que los obstáculos son salvables. Creo que todos confían en que es la mesa de paz definitiva.
¿Y usted también lo cree así?
Creo que tanto el Gobierno como la guerrilla piensan que la lucha armada ha sido inútil y que les va mejor en la lucha política democrática.
A muchos colombianos parece no interesarles el proceso de paz, o incluso se oponen...
Es probable que para muchos la guerra sea lejana, pero es un grave error. En Colombia, los empresarios guardan el cuatro por ciento del presupuesto para seguridad. En Chile, cero. El país se gasta siete puntos del PIB en el conflicto. Imagínese lo que se podría hacer con esa plata en salud, educación...
¿Cree que los militares piensan lo mismo?
Creo que quieren volver a su función original de defender las fronteras. Fue estratégico llevar a un militar a La Habana. Eso generó confianza, pues una guerrilla piensa, al ver allí a una persona como el general Jorge Mora (uno de los negociadores del Gobierno), que no la van a matar después de la negociación.
¿Cómo se sintió haciendo parte de la Comisión Histórica?
En mi relatoría reproduje una frase del libro de Enrique Santos (Así empezó todo, sobre la génesis del proceso de paz) que me gustó mucho. Dijo que había hecho parte de esto por una responsabilidad política, moral e intelectual. Yo siento la responsabilidad política de buscar la paz. Intelectual, porque mi vida académica ha estado ligada a la reflexión sobre el conflicto. Y moral, porque tenemos que rescatar la frase de Antanas Mockus de que “la vida es sagrada”.
‘El mundo no vería bien que el modelo de justicia hiciera fracasar la paz’
Usted es embajador de Colombia en La Haya, sede de la Corte Penal Internacional (CPI). ¿Cómo ve a este tribunal frente al proceso de paz?
Creo que en La Habana se va a construir un modelo de justicia y paz propio del siglo XXI. Hacer la paz en el siglo XX tenía exigencias menores, porque se aceptaban las amnistías generalizadas para superar dictaduras, como las de Argentina y Chile, o guerras, como las de El Salvador y Guatemala. El fin era lograr la paz aceptando un gran sacrificio en justicia. En el siglo XXI, con la Corte Penal Internacional, el mundo cambió y el valor fundamental es la lucha contra la impunidad para disuadir de los crímenes de guerra y de lesa humanidad. La Habana tiene que ser consciente de que las amnistías generales son imposibles y de que tenemos que construir un modelo que nos permita la paz y que, al tiempo, respete los estándares de la Corte.
¿Y cuál es el estándar básico?
No tiene uno básico. Eso se está construyendo por jurisprudencia de la Corte en distintos fallos.
¿Juega eso a favor del proceso de paz?
Ha habido dos sentencias condenatorias de la Corte a dos milicianos del Congo, y los jueces han ido ajustando y construyendo jurisprudencia. Los colombianos podemos ayudar a construir esa jurisprudencia respetando los postulados del Estatuto de Roma.
¿Es optimista frente a esto?
Sí, por una razón en particular. El mundo tiene muchas esperanzas sobre la paz de Colombia. No vería bien que fracasáramos en la paz por un modelo de justicia que lo hiciera inviable.
MARISOL GÓMEZ GIRALDO
Editora de EL TIEMPO
En Twitter: @MarisolGmezG

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