Carlos Gaviria Díaz

4 ABR 2015 - 7:53 PM
Homenaje familiar

Carlos Gaviria Díaz, ‘El Papá’

Ana Cristina, Natalia, Juan Carlos y Ximena, hijos del fallecido exmagistrado, se despiden de su padre.
Por: Especial para El Espectador en http://www.elespectador.com/noticias/politica/carlos-gaviria-diaz-el-papa-articulo-553225 

Es difícil expresar de manera pública la concepción sobre nuestro querido padre (‘El Papá’, como le dijimos siempre), en medio del dolor profundo que sentimos por su partida. Nos abruma exteriorizar nuestro duelo. Lo entendemos, porque reconocemos que fue un hombre público que dedicó su vida a defender desde diversos escenarios los derechos sociales e individuales, la libertad y la igualdad.
Reivindicamos que siempre hubo coherencia entre su vida pública y privada. El respeto por la autonomía y la dignidad personal, así como el dolor por la desigualdad y las exclusiones, siempre fueron temas de nuestro ritual en torno de la mesa del comedor y principios rectores de nuestra educación.
Siempre fue consciente de que defender sus principios tenía un oneroso precio, y que ese podía ser el de su vida, como lo comprendimos con resignación. A su lado tuvimos que soportar difamaciones, calumnias, persecuciones, que nos causaron profunda pena, tal como sucedió cuando se pretendió afirmar su simpatía con grupos al margen de la ley. Infamia manifiesta, puesto que siempre –incluso, claro está, desde el interior del hogar- rechazó cualquier forma de violencia.

Exaltamos que nuestro padre logró ser lo que se trazó desde su juventud: un profesor, o mejor, un maestro. Palabra que en su caso no corresponde a un formalismo. Sus discípulos, sus amigos y sus hijos le reconocemos esa condición. Nuestro padre sabía que la palabra desprendida del gesto que enseña, es una palabra vacua. Eso era él, un profesor honrado, una persona transparente, un idealista, un hombre ajeno a las mañas de la política (o de la politiquería, en nuestro medio). Por ello nos causó preocupación su incursión en el ámbito de la política nacional, tan distante en su praxis de su forma íntegra de actuar.
‘El Papá’ fue un hombre racional, pero extremadamente sensible y nos trató siempre con un enorme cariño. El respeto por nuestras decisiones, nuestra autonomía y nuestra independencia, fueron para él principios irrenunciables. Por ello nos enseñó a aceptar nuestras diferencias y a fortalecer nuestro fuero interno, parámetro fundamental para obrar de forma ética.
Predicaba y actuaba desde la decencia, su gran obsesión. Cualidad que traslapaba con la sensibilidad, que lo acercaba a sus amigos en sus conversaciones infinitas, que lo hacía sollozar al discernir sobre una novela entrañable, o al escuchar algunos versos o piezas musicales. La misma que desplegaba en su trato sincero a las personas que trabajaban con él.
La relación con nuestro padre estuvo signada por el afecto infinito. Afecto verbal y afecto físico: los besos (a su mujer, a sus tres hijas, a su hijo, a sus nietos, a su nuera y a sus yernos), las caricias (de las que todos fuimos permanentes destinatarios), las palabras bellas y tiernas.
Su erudición fue polifacética y abrumadora. Su saber no era una pretensión inocua. A través de ella nos inculcó el disfrute de la vida. De lo profundo, pero también de lo mundano: la filosofía, la literatura, la música, la pintura; pero también el buen comer, el vino e inclusive el fútbol. Fue consecuente, y hasta el día anterior a su hospitalización se gozó la vida, se gastó la vida.

Dignificamos su admiración profunda por nuestra madre (‘La Mamá’), la que evidenció hasta su último aliento. Alguna vez expresó que no era posible encontrar una persona que escuchara más que María Cristina. Y este pequeño homenaje también es para ella, porque siempre fue su cómplice irreductible, ante todo en las situaciones adversas.
Nos embarga un infinito dolor por la ausencia de nuestro padre, y nos duele que no vaya a ser testigo directo de la conclusión del proceso de paz, que fue una obsesión permanente en su vida. Nuestro antídoto será guardar su afecto y sensibilidad en nuestro corazón, allí donde nunca va a morir.

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