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2013/03/07

Vamos al fondo de la crisis cafetera



Eduardo Sarmiento

La crisis cafetera

Por: Eduardo Sarmiento


El país operó durante cincuenta años con una política cafetera basada en el diagnóstico de su inelasticidad de la demanda. En virtud del acuerdo mundial del café, los países productores estaban en capacidad de regular la oferta mundial y colocar los precios en las condiciones más favorables. El sector evolucionó con grandes excedentes que permitieron un manejo laxo de los gastos, el patrimonio y los costos de producción.
Las condiciones cambiaron con la eliminación del acuerdo mundial del café en 1988 y el desmonte del estatuto cambiario 444 y la Junta Monetaria en la administración de César Gaviria. El sector quedó a merced de la oferta y la demanda. Dentro de este marco de libertad de mercado, era inevitable que el precio de un producto inelástico se deteriorara progresivamente y castigara en un mayor grado a quienes operan con mayores costos.
Sin embargo, la Federación mantuvo la misma estructura de opulencia. En particular, se negó a entrar en las variedades robustas que pueden cultivarse con mayores productividades (productividad por hectárea). Mientras que el último quinquenio la producción del café arábico colombiano se derrumbó, la del robusta aumento en Brasil y otros lugares.
En contraste, los nuevos productores buscaron desplazar a los tradicionales reduciendo los costos y la calidad. En la actualidad, Colombia importa café de Perú y Ecuador con precios muy inferiores al de exportación y registra costos de producción tres veces mayores que los de Vietnam. El país perdió participación en los mercados internacionales, pasando del segundo al cuarto lugar, y vio esfumar el cuantioso patrimonio de la Federación de Cafeteros. Se configuró un círculo vicioso en que la baja demanda del producto reducía las ganancias, y esto dificultaba la modernización y la ampliación de la producción. El sector sobrevivía por los elevados precios internacionales y la asistencia del Gobierno.
El otro aspecto es el tipo de cambio. El país está montado sobre el sector minero que tiene elevadas necesidades de inversión extranjera y genera la totalidad de sus ingresos en divisas. Así, la producción tiende a concentrarse en la minería y en los servicios y la mayor parte del consumo industrial y agrícola se obtiene abaratado en el exterior.
Como existen serias limitaciones para el empleo y las divisas, surge la abundancia de divisas que revalúa el tipo de cambio y desplaza la producción de bienes transables. Así, la enfermedad holandesa adquiere la forma de extinción de la industria, la agricultura y el empleo.
La verdad es que en la última década, y en especial en el último lustro, el café operó dentro de condiciones de costos y revaluación que no consultaban con las realidades internas y externas. Se pensó que los elevados precios se mantendrían y daban margen para todo. No se advirtió que se trataba de un producto inelástico que tiende al deterioro paulatino de sus cotizaciones.
Luego de cincuenta años de severa regulación del sector e intervención en el mercado, el país le apostó al libre mercado dentro de un marco de permisividad a los dirigentes cafeteros y enfermedad holandesa y terminó en el mismo descalabro del resto de la agricultura y la industria. El Comité del Café, integrado por el Gobierno y la Federación, careció de la visión, el diagnóstico y el manejo para evitar que los costos superaran los precios y colocaran al sector al borde de la quiebra.
La causas de la crisis no hay que buscarlas aguas arriba. Se encuentran en la trivialidad de la política cafetera de producción y costos, el motor de la minería y la modalidad de cambio flexible.
  • Eduardo Sarmiento Palacio | Elespectador.com

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2012/09/12

el petróleo es el excremento del Diablo

Breve historia de ColombiaImprimirE-mail
ECONOMIA Y SOCIEDAD
Domingo, 12 de Agosto de 2012 19:20
El sueño de una economía orientada a la innovación se ha ido desdibujando a medida que Colombia repite el ciclo de las bonanzas y de las rentas que se lleva el viento: como no se sembró ciencia, ni modernidad, solo se ha cosechado crecimiento sin sentido y una economía en regresión.

De la agricultura al subsuelo, ¿en reverso?
No hay que creer en Marx para reconocer que la economía es la base de la vida política y social. Tampoco hay que ir muy lejos para saber que la economía depende sobre todo del lugar que cada país ocupe en la división mundial del trabajo: los grandes cambios políticos y sociales que ha tenido Colombia se deben pues al cambio en nuestras formas de inserción a la economía internacional.
Eso siempre fue cierto, desde la Colonia, pero hablaré solo de tiempos recientes:
  • Hasta hace unos años éramos un país cafetero: hablando en cifras gruesas, el café producía el 60 o 70 por ciento de las divisas y daba empleo a 2,5 millones de familias campesinas. Los cafeteros presionaban por un dólar artificialmente caro, lo cual frenaba las importaciones y de rebote estimulaba el crecimiento de la industria nacional. Pero el café pasó a la historia: el año pasado generó apenas el 5 por ciento de las divisas y para este año podría bajar al 3 por ciento del total.
  • Hoy somos un país minero-exportador. El petróleo representó el 54 por ciento de las exportaciones del año pasado y la minería (carbón y ferroníquel, más que todo) contribuyó con otro 22 por ciento: cambiamos la agricultura por el subsuelo y este cambio, creo yo, es la revolución silenciosa que ha creado o está creando una nueva Colombia.
Porque ahora no son los campesinos, sino el Estado, como dueño del subsuelo, quien se queda con la tajada nacional de la bonanza. Y porque las divisas ya son tantas que el dólar no vale nada, y es más barato importar que producir.
Enfermedad holandesa, versión colombiana
Un Estado más rico y una vida más barata serían las dos bendiciones de la revolución tan callada como profunda que ha tenido Colombia. Y en efecto, hoy el Estado emplea a muchas más personas y ha duplicado su peso en el producto nacional. La inflación, por su parte, dejó de ser un problema — antes andaba por el 20 ó 25 por ciento anual — y ahora los consumidores podemos conseguir cuantos productos se ofrecen en el mundo.
Hernando_gomez_Buendia_cafetero
Hasta hace unos años éramos un país cafetero: hablando en cifras gruesas, el café producía el 60 o 70 por ciento de las divisas y daba empleo a 2,5 millones de familias campesinas.
Foto: colombia.travel
Pero la agricultura y la industria dejaron de ser rentables, porque todo se puede importar más barato. Los campesinos sencillamente se quedaron sin oficio, el campo es un moridero y la tierra ya no tiene ningún uso económico: su valor es apenas simbólico y político.
El desarrollo industrial también quedó truncado, el empleo manufacturero se estancó y los avances de la tecnología nos quedaron sobrando: ya no necesitamos innovar. La clase media urbana se empleó en los servicios (gobierno, finanzas, profesiones…) y los pobres siguieron engrosando el “sector informal”- que ocupa hoy al 60 por ciento de los trabajadores de Colombia.
Pocos empleos productivos, baja competitividad, y la riqueza en manos de muy pocos (después de Haití, somos ahora el país más desigual de América Latina). A algo como esto se le llama la “enfermedad holandesa”, porque las divisas que inundaron a ese país cuando encontró gas natural en los años 60 casi acaban con su industria.
Desde esa época Corden y Neary propusieron una hipótesis que explica exactamente lo que hoy pasa en Colombia: el exceso de divisas revalúa la moneda nacional, desestimula a quienes producían bienes que se pueden importar (industria o agricultura) y desplaza el empleo hacia los rubros no transables, que no admiten competencia extranjera (gobierno, servicios personales, construcción y comercio minorista).
Holanda superó su enfermedad y le enseñó a sus vecinos, de modo que cuando a Noruega le llovieron las divisas por el petróleo que descubrió en el Mar del Norte, las ahorró en lugar de malgastarlas.
Una economía rentística
Si Colombia hubiera aprendido la lección, la gran petro–riqueza del Estado se habría invertido en educación, en ciencia y en construir la infraestructura de un país de punta. Pero estamos más cerca de Venezuela: la bonanza fiscal se ha traducido en burocracia, en contratos y en puestos para una “clase política” insaciable, en corrupción a diestra y a siniestra, en quitarles los impuestos a los ricos y en repartir limosnas (que aquí se llaman “Familias en Acción”) para tener contentos a los pobres…
Hernando_gomez_Buendia_mineroEl petróleo representó el 54 por ciento de las exportaciones del año pasado y la minería (carbón y ferroníquel, más que todo) contribuyó con otro 22 por ciento.
Foto:  latinoamericalibre.org
Por algo había dicho Juan Pablo Pérez Alfonzo, el creador venezolano de la OPEP en 1960 que “dentro de diez años, dentro de veinte años lo verán: el petróleo traerá nuestra ruina; el petróleo es el excremento del Diablo”. Es más: en cierto sentido estamos peorque Venezuela, estamos en Nigeria o en el Congo, donde losbooms mineros se mezclaron con guerras intestinas.
En efecto, la bonanza colombiana ha seguido sosteniendo la guerramilitar: el presupuesto de defensa se triplicó en diez años, y los actores armados ilegales han encontrado una fuente estupenda de recursos en el chantaje o en la explotación ilegal de minas y energéticos.
También -y sobre todo- la bonanza colombiana siguió escalando la guerra política que los barones regionales desde siempre han librado contra el país moderno: una guerra por la tierra y su valor político, por la nueva riqueza del Estado y por la narco–impunidad, que se conoce, en resumen, como la narco–política.
Y es que a medio camino entre el café y el petróleo, Colombia encontró otra manera de insertarse a la economía mundial, que se llamó (y se llama) cocaína. Aunque nadie conoce las cifras precisas, sabemos que entre principios de los años 80 y finales de los 90 fuimos de lejos los grandes exportadores, como sabemos que este sí genuino “excremento del Diablo” degeneró la guerra militar y envenenó de arriba a abajo la política.
Café, coca y petróleo resumen nuestra historia reciente. Cada uno a su manera ha empujado y ha distorsionado el crecimiento económico de Colombia, ha decretado quiénes son los ganadores y quiénes son los perdedores, quién se queda con las rentas y donde están los empleos, qué está pasando en el campo, qué hacen y qué consumen las gentes en las ciudades, qué tanto importa el Estado, que tan sucia es la política, cuál es la imagen que el mundo tiene de nosotros (Juan Valdez, o los narcos, o la petro-“confianza inversionista”), qué tan intensa es la guerra y quién la vaya ganando (las narco-Farc ganaban en los 90, pero el petro–Estado pudo ripostar con la costosa “seguridad democrática”).
Lo que el viento se llevó
Nos pasó con el oro o el cacao en la Colonia. Nos pasó con el tabaco, la quina, el añil o los cueros a lo largo del siglo XIX, que pasaron de moda o se fueron para otras latitudes. Nos pasó con el café que se fue para Vietnam. Con la coca que migró hacia Perú y con la cocaína que migró hacia México. Nos pasará también con el petróleo y con los minerales, cuando China deje de arrastrar (y de arrasar) al resto del planeta. El nuestro es un país llevado por el viento.
Hernando_gomez_Buendia_callcenterLa clase media urbana se empleó en los servicios (gobierno, finanzas, profesiones…) y los pobres siguieron engrosando el “sector informal”.
Foto: TMKColombia
Como analista sabe uno que no podría ser de otra manera: somos el fruto de lo que hemos sido. Como padre y abuelo, sin embargo, uno quisiera que nuestros dirigentes no fueran tan mezquinos ni tan miopes, o que una ciudadanía deliberante decidiera tomar el control de su propio destino.
Dijo Toynbee que la historia puede no tener sentido, pero nosotros tenemos que inventárselo.
* El perfil del autor lo encuentra en este link.
hernando gomez buendia

Hernando Gómez Buendía*















Los grandes cambios políticos y sociales que ha tenido Colombia se deben pues al cambio en nuestras formas de inserción a la economía internacional.





























El café pasó a la historia: el año pasado generó apenas el 5 por ciento de las divisas y para este año podría bajar al 3 por ciento del total.














































Ahora no son los campesinos, sino el Estado, como dueño del subsuelo, quien se queda con la tajada nacional de la bonanza.









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