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2013/03/07

Qué es la parapolítica

Parapolítica y narcotráfico: ¿otra forma de lucha política?
en http://www.razonpublica.com/index.php/conflicto-drogas-y-paz-temas-30/3597-parapolitica-y-narcotrafico-iotra-forma-de-lucha-politica.html
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CONFLICTO, DROGAS Y PAZ
Escrito por Gustavo Duncan   
Domingo, 03 de Marzo de 2013 22:04
Piedad Zuccardi y Juan Carlos Martínez son las dos caras de una misma moneda. Lúcida explicación de cómo el narcotráfico lleva a una lucha política para consolidar el nuevo orden social que beneficia a las élites emergentes. ….Y pronto se hablará de la bacrim–política[1].

Gustavo Duncan parapolitica Piedad Zuccardi
Piedad Zuccardi: políticos profesionales de la periferia que aprovecharon las transformaciones en el orden social para acumular poder político.  Foto: Presidencia.  
Qué es una lucha política
La literatura sobre las luchas sociales del siglo veinte describe una situación típica: sectores subordinados y descontentos son dirigidos por una organización política para exigir transformaciones en el orden social. Es decir, para exigir un cambio de las pautas que clasifican a los individuos y a los grupos de acuerdo con sus atributos materiales y simbólicos, de la división del trabajo y de la forma como los excedentes se distribuyen entre los varios grupos[2].
A estas luchas se les reconoce un carácter político, porque exponen de manera abierta las contradicciones entre elites y dominados. No importa el tipo de estrategias utilizadas para reclamar las transformaciones, pueden ser las más violentas o las más pacíficas. Tampoco importa que la mayoría de las veces los líderes de la protesta sean cooptados por las élites dominantes, tras hacer los mínimos ajustes necesarios para evitar una insubordinación social mayor[3].
Lo importante para reconocer el carácter político no parecería ser entonces las transacciones  que ocurren entre las élites dominantes, los dominados y las nuevas élites que encabezan la protesta social, sino la expresión abierta de disconformidad que unos grupos hacen de su situación y sus reclamos por conseguir transformaciones sociales.
El narco como política
Pero en otras situaciones, el descontento no se expresa en la protesta sino en la  transformación del orden por fuera de las instituciones de control de las élites o, incluso, mediante acuerdos con un sector de las élites.
Por ejemplo, cuando una nueva actividad económica, así sea ilegal, es introducida por sectores dominados con profundos efectos sobre la producción y distribución de la riqueza, en el fondo se está resolviendo un descontento con el orden social existente. Así al principio no hubiese habido enfrentamientos ni debates abiertos con las élites ¿no es acaso parte de una alternativa política que encuentran los sectores dominados para transformar su situación? Exactamente lo anterior fue lo que sucedió con el narcotráfico en Colombia:
  • Sectores descontentos aprovecharon la oportunidad de acceder a la fuente inagotable de acumulación originaria de capital que ofrecía una actividad criminal.
  • Con ese capital introdujeron cambios en el orden social de la periferia: las jerarquías, las formas de producción económica y la distribución de la riqueza fueron transformadas silenciosamente por estos sectores.
  • Como resultado de tales transformaciones, la población de la periferia tuvo que someterse a la dominación impuesta de manera parcial y a veces total por organizaciones criminales. Los miembros de los grupos subordinados de la sociedad pudieron convertirse en nuevas élites, mediante el crimen organizado.
Fue así como un sinnúmero de organizaciones de todo tipo comenzaron a defender por la fuerza las transformaciones en el orden social y su posición alcanzada en el nuevo orden social. Y lo hicieron no solo al controlar las principales fuentes de capital en sus comunidades, sino al establecer el control armado de una territorialidad, es decir de una población o al menos de una parte de ella en un territorio dado de la periferia.Mafias, paramilitares, pandillas y demás organizaciones de coerción privada inundaron el paisaje social colombiano. La violencia en sí misma se convirtió en una oportunidad de ascenso en el orden social para jóvenes de sectores excluidos. De la noche a la mañana si eran buenos guerreros podían hacerse al control de un territorio.
El por qué de la parapolítica
Para las élites tradicionales de la periferia el dilema era cómo ajustarse a una serie de cambios que habían rebasado sus posibilidades de dominación. El capital de las drogas implicaba que ellas fueran desplazadas en la nueva división del trabajo social: poseer un millar de hectáreas de tierra y otras tantas cabezas de ganado ahora era irrelevante ante las fortunas del narcotráfico que circulaban en la economía local.
Otros medios y otros atributos definían las jerarquías sociales y había que ajustarse a los cambios. Y no solo eran los medios económicos los que definían el lugar de cada quien. La organización de la violencia por mafias y paramilitares era fundamental para definir las relaciones de poder.
En este dilema está la raíz del proceso 8000, la parapolítica y en un futuro no muy lejano la bacrim-política. El acceso a los medios de poder cambió tan profundamente aquellas sociedades donde la acumulación de capital no era competencia frente al poder del narcotráfico, que las élites que no se ajustaron a las nuevas demandas del entorno naufragaron en el orden social.
Ante sus restricciones de capital y la violencia privada, estas élites ofrecieron lo único realmente valioso que tenían a la mano: su capacidad de mediación política ante las instituciones del Estado y ante las élites del centro del país. La transacción iba a ser apenas natural.
Mafiosos y narcotraficantes necesitaban de protección frente a una eventual intervención del Estado central en sus negocios y en el orden social de la periferia. Y por su parte la clase política necesitaba preservar su acceso a la otra fuente principal de recursos de la periferia: el presupuesto del Estado.
Pero las oportunidades no solo estaban disponibles para los mediadores políticos pertenecientes a sectores tradicionales de las élites. El capital de las drogas podía convertir también en grandes electores a políticos profesionales del origen más humilde. Si tenían las habilidades para ganar el voto de las comunidades y se sentían más sintonizados con los patrones narcotraficantes por su mismo origen social ¿por qué no iban a desplazar a los jefes políticos tradicionales, ahora que tenían los recursos para hacerlo?
La detención de Piedad Zuccardi y de Juan Carlos Martínez son las dos caras de esta misma moneda: la de políticos profesionales de la periferia que aprovecharon las transformaciones en el orden social para acumular poder político.
La gran diferencia es que Zuccardi disponía de los medios para concentrar el poder político en la periferia desde antes de estas transformaciones, solo que si no negociaba con quienes tenían las armas, sus medios de poder se iban a diluir.
Martínez, por su parte, debió su ascenso a las transformaciones del orden social. Sin los medios provistos por el narcotráfico nunca hubiera sido un congresista relevante, de pronto nunca hubiera sido un congresista.
Por algo invitaron a Piedad Zuccardi al matrimonio de la hija del Procurador, pero no invitaron a nadie como Juan Carlos Martínez. Allí no había espacio para emergentes.
La postura de las élites nacionales
Para las élites del centro del país la cuestión era cómo enfrentar al menor costo posible el surgimiento de nuevas instituciones de dominación en la periferia, que eventualmente podían poner en riesgo su poder.
En un principio, la falta de voluntad y decisión para intervenir no fue producto de su miopía. Era simplemente que las transformaciones en el orden social no afectaban ni sus intereses ni su posición en las jerarquías sociales, políticas y económicas de su entorno. Por el alto grado de acumulación del centro del país, el capital de las drogas no alcanzaba a propiciar transformaciones significativas del orden social.
El problema quedó circunscrito a las élites de la periferia hasta cuando los efectos del narcotráfico sobre el poder político desbordaron lo local y tuvieron incidencia sobre la política nacional.
La violencia, por un lado, fue un catalizador de la intervención del centro sobre las regiones. Cuando los grupos armados se salieron de control, el Estado se vio obligado a plantear guerras contra todo tipo de organizaciones: desde Pablos Escobares hasta guerrillas como las FARC. Incluso fue la razón para que Uribe negociara con los paramilitares.
Por otro lado, el narcotráfico propició enormes fracturas en los partidos políticos tradicionales:
  • La disponibilidad de recursos en las bases de la política profesional permitió a muchas figuras de la periferia independizarse de los partidos de Bogotá. 
  • Los parapolíticos armaron sus propios partidos y se apropiaron de una porción del Congreso. Representaban además la defensa de un orden social que no se hallaba ya bajo el control del centro del país. 
  • Ese era el sentido de la representación lograda por una serie de partidos constituidos de manera coyuntural desde las regiones. Podía ser que su nombre fuera la caricatura de una sigla — PIN, ADN, ALAS — pero representaban un poder real que reclamaba ante las instituciones del Estado central el respeto y el reconocimiento de las transformaciones sociales ya ocurridas en la periferia.
Quien presidiera el Estado debía contar con el respaldo de estas colectividades, así fueran indeseables ante los medios de comunicación, para tramitar la agenda de gobierno en el Congreso.La salida ante semejante dilema para las élites del centro del país fueron pactos implícitos y explícitos con las mafias que menos desafiaran los límites de su poder y la represión a las que pretendieran sobrepasarse.
Quienes tenían el apoyo de la clase política de la periferia para trazar unos límites de poder tolerables para el Estado central obtenían protección. Quienes no lo tenían y desafiaban el poder de las élites del centro eran aplastados.
El descontento social materializado por las élites emergentes del narcotráfico tenía sus límites: las transformaciones implicaban una situación intolerable para las élites tradicionales, tanto del centro como de las que mantuvieron su poder en la periferia.
* Máster en Global Security de la Universidad de Cranfield, investigador en temas de construcción de Estado, sociología, conflicto armado y narcotráfico en Colombia.

 Gustavo Duncan parapolitica narcotrafico RazonPublica
Gustavo Duncan RazonPublica
Gustavo Duncan*























A estas luchas se les reconoce un carácter político, porque exponen de manera abierta las contradicciones entre dominados y élites. No importa el tipo de estrategias utilizadas para reclamar las transformaciones, pueden ser las más violentas o las más pacíficas.




































Sectores descontentos aprovecharon la oportunidad de acceder a la fuente inagotable de acumulación originaria de capital que ofrecía una actividad criminal.











































































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